Historia

Inés Rodríguez Albornoz

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Habiendo sido la Srta. Inés Rodríguez Albornoz, la gestora y protagonista de esta obra, quiero compartir con ustedes algunos recuerdos de su ilustre familia.

Sus padres fueron Don José Agustín Rodríguez, nativo de Riobamba y su madre, Doña Rosa María Albornoz, de una respetable familia de Ambato.
Aquí formaron una cristiana y numerosa familia de 9 hijos: Emma, Lucía, Blanca, José Agustín, Conchita, Beatriz, Inés y Eugenia. También hubo otro varoncito que murió muy pequeño.

José Agustín, prácticamente el único hermano varón, muy piadoso desde niño, a los 10 años quiso ser sacerdote. Su padre se opuso terminantemente y sólo cuando ya había ingresado a la universidad, le autorizó a seguir su hermosa vocación. Ingresó al Noviciado de los Padres Jesuitas y después de larga formación, llego a ser un sacerdote muy fervoroso y un gran educador, que gastó prácticamente toda su vida, en los colegios de la Costa Ecuatoriana.

Cuando ya la mamacita, Doña Rosa María Albornoz, estuvo muy enferma, el P. Agustín venía a visitar la familia, que habitaba una bonita mansión rodeada de un huerto, en la Casa, junto a su madre, y me invitaban a mí, todavía niño, para acolitar la Misa. Yo era muy feliz, disfrutaba de un generoso desayuno y luego Padre Rodríguez, sintiendo que yo tenía inclinación al sacerdocio, trataba de convencerme que yo me hiciera jesuita como él. Pero yo sencillamente le decía: “Yo quiero llegar hacer curita de la Matriz” la iglesia parroquial que hoy es la Catedral. Un día se cumplió este mi anhelo de niño.

La Srta. Inés Rodríguez, jugaba desde niña hacer maestra y decía que un día haría una escuela para las niñas más pobres.

También este ideal de la niñez se cumplió en la Srta. Inés Rodríguez Albornoz. Con sus propios recursos materiales, organizó una fundación, en que ella era la presidenta e Inspectora inmediata de la escuelita que llevaría los apellidos de sus padres “Rodríguez Albornoz”. Empezó a funcionar esta escuela en una casa arrendada al Sr. Luis Toapaxi, y con dos cuartitos prestados por un vecino, el Señor Segundo Mayorga, junto al parque de la madre, en la ciudadela Vicentina. Se abrió la escuelita con los tres primeros grados, con 106 niños y niñas y con las tres Maestras Fundadoras, Sra. Teolinda Galarza y las Srtas. Rosita Castillo y Beatriz Constante. Estas beneméritas Maestras, para abrir las primeras matriculas, tuvieron que recorrer el barrio y los lugares vecinos, de casa en casa, ofreciendo los nuevos servicios de la nueva escuela.

Por la incomodidad y aumento de alumnos, mientras se construía el edificio definitivo, la escuela funcionó en un local ofrecido por los Padres Josefinos.

En 1958, la Srta. Inés, invitó a colaborar en la enseñanza a las Rvdas. Madres Doroteas, misioneras italianas que, con su capacidad y espíritu religioso, han acompañado al crecimiento de esta gran obra. Siempre he admirado el aporte valioso, humilde y prudente de las Doroteas, a esta gran obra educativa, que siempre ha estado directamente dependiente de la fundadora, Srta. Inés Rodríguez.

La misma Srta. Inés compañera de escuela y amiga entrañable de mi madre, Marina Angélica de Pozo, fue mi madrina en mi primera misa, en la iglesia de la Santa Faz en el año 1952. Por eso había una buena amistad y me pidió dar unas conferencias a los Padres de Familia, que llenaban el salón, desarrollé por unos tres años un programa de formación familiar y colaboración de los padres con la escuela.

Puedo decir que el momento más importante de mi grato apoyo a esta obra educativa, fue cuando, avanzando la edad de Inesita Rodríguez, no parecía muy claro el porvenir de esta obra y a la vez estaba en peligro la presencia misma de las Madres Doroteas en esta Institución. Tuve la oportunidad de hablar varias veces con Inesita y su hermana Eugenia, fue un puente decisivo para alcanzar que un día entregara a las Madres Doroteas. Lo cual sucedió en efecto, sin faltar dificultades, con el alborozo de cuantos estimamos esta bella obra y a la misma Comunidad de Madres Doroteas.

Admirar el crecimiento físico y educativo de esta Institución que tuvo tan sencillo origen, me uno a la gratitud de todos al Señor, fuente de todo al grato recuerdo de Inesita que contempla gozosa, esta obra soñada por ella. Igualmente felicito a las maestras fundadoras y todas las maestras seglares que ahí han trabajado y muy particularmente a las Madres Doroteas, italianas y ecuatorianas, que has sido un verdadero “REGALO DE DIOS”, que eso significa su nombre, por su presencia y acción fecunda, para la perennidad, en esta preciosa obra educativa.


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